¿De qué trabajarías si el dinero no importara?

Me preguntan en que trabajaría profesionalmente si el dinero no importara y claro, después de llevar trabajando más de cuarenta años para ganar dinero esta pregunta primero me hace sonreír y a los cinco segundos, me cabrea. Posiblemente si el dinero no importase, tampoco existiría el trabajo y a lo mejor el mago de Oz sería mi vecino. Se trabaja por dinero, o así debería ser; se trabaja para producir algo y obtienes un salario para consumir algo porque vivimos en un mundo capitalista y no en el de los teletubbies. Cuando trabajas y no obtienes un salario, es lo que se llama trabajo reproductivo y es lo que han hecho los esclavos y las mujeres toda la vida; es trabajar a cambio de comida, ropa y alojamiento: prostitución, porque suele incluir actividades sexuales, además.

Acaba de ser 8 de mazo y claro no estoy de humor para estas tonterías. Me acosté de madrugada, me levanté pronto, viaje a Donosti, di una charla, cogí un bus a Bilbao y ahora estoy escribiendo un post en el avión que seguramente no coincide con los intereses de quien me lo ha pedido. Él, en una comida muy agradable, me preguntó por el trabajo vocacional y claro, yo le respondí educadamente y rápidamente que eso no existía; él me aguantó mi rollo feminista porque quería que escribiera esta post: ese es otro tipo de intercambio; como no hay salario, el producto que le doy no es el que se espera.

Yo soy arquitecta y disfruto mucho; pero también me lo paso en grande como profesora, investigadora, madre, cocinera, paseadora de perros, cuidadora, conductora, conferenciante… básicamente disfruto de todo lo que hago porque me gusta literalmente vivir; gracias a que trabajo dignamente, desayuno, como y ceno todos los días, duermo en una cama limpia dentro de un espacio amable y saludable rodeada de los objetos que necesito y que me activan y además he podido alimentar a mis cuatro hijos sin problemas; bueno y porque somos dos aportando dinero; si no, comeríamos menos.

Seguramente si la compañera que barre mi despacho, el fontanero que arregla mi inodoro y el repartidor que me trae la comida de las perras tuvieran un salario digno, también manifestarían este estúpido optimismo de servidora.

Visto desde otro lado, que es desde el que hay que verlo para dejarnos de tonterías, los humanos tenemos el deber de trabajar y lo más importante, el derecho de trabajar. Es el modo en el que nuestra especie intercambiamos nuestra fuerza intelectual o física por los que necesitamos para vivir. El asunto es que así mirado, el trabajo es una riqueza y como tal hay que cuidarla y repartirla. Los que trabajamos en exceso robando el trabajo de los demás, normalmente a nuestros hijos; doy fe a ello. Como deber y como derecho, el trabajo debe estar regulado y supervisado, porque además existe responsabilidad. En el caso de los arquitectos incluso es penal; y así debe ser. Sin embargo, en lo relativo al trabajo todo el mundo mira hacia otro lado. Hasta los sindicatos han estado toda la vida callados cuando hablamos de los cuidados: y es que cuidar es trabajar.

Esto significa que intentar enfocar el trabajo desde la vocación, desde la creatividad, desde el disfrute, desde “es que le gusta planchar” o desde el aprendizaje, suena a timo, a precariedad, a esclavitud encubierta, a que hay demasiado listillo en general. Hay que tener cuidado en los entornos educativos porque rápidamente aparecen ofertas de trabajo sin salario y prácticas laborales sin remuneración: ¡vaya risa!

Jóvenes o viejos, con o sin carrera, nosotras o vosotros, inmigrantes o no… todos tenemos que trabajar para vivir y no al revés, aunque en el mundo en el que vivimos este tema se disfrace de teletrabajo, de artisteo o de vocación. Vocación, que yo sepa, solo hay una según me dijeron en el colegio: la vocación religiosa; pues bien, este es el único caso en el que no hay que pagar porque no son asuntos terrenales los que están en juego.

Por Atxu Amann, arquitecta por la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid.

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